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Decidió dejar el mandato familiar y cumplió su sueño; ahora la ventana de su oficina cambia todos los días

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Tenía un puesto como ingeniera en una empresa de telecomunicaciones; pero internamente Jorgelina sabía que eso no era lo que buscaba para su vida hasta que decidió perseguir su deseo y no bajar los brazos

Tenía que estudiar, trabajar, ser económicamente solvente y “cumplir” con lo que sus padres y la sociedad esperaban de ella. Y así lo hizo. Estudió una carrera universitaria, se recibió de ingeniera y trabajó durante diez años en el área de telecomunicaciones. Pero Jorgelina Pastoriza sabía que ese no era su destino. “No quería llegar a los 40 años y trabajar encerrada en una oficina frente a una computadora, de lunes a viernes de 9 a 18. Era agobiante. Lo que más me gustaba estaba dormido en mi interior hasta que un buen día algo lo despertó”, recuerda. Ella quería ser piloto de avión y ahora tenía la posibilidad de concretar ese sueño.

“Estás muy grande para hacer esto”, le dijeron algunos compañeros y conocidos. Pero Jorgelina estaba decidida y empezó a estudiar. “De lo único que podía arrepentirme era de no intentarlo. Al principio me lo tomé como un hobby, pero cuando vi que todo iba viento en popa, y que tenía posibilidades de trabajar de esto, me puse el objetivo de ser piloto de línea”, asegura. Entonces, todos los fines de semana y algunos días a las 6 de la mañana, antes de ir a la oficina, se dirigía al aeropuerto de San Fernando a hacer sus primeras horas de alumna de piloto privado.

Con su trabajo de ingeniera y alguna ayuda de sus padres, Jorgelina pudo pagar los gastos de la carrera y, al poco tiempo, comprarse un pequeño avión para hacer las horas de vuelo necesarias. “Siempre agradezco a mi familia y amigos el respaldo y apoyo que me dieron, porque normalmente yo estaba ausente de todo evento social. La gente en los aeroclubes veía a una chica sola bajar de un avioncito y se sorprendía”. Y de a poco, su sueño fue tomando vuelo. Voló por todo el litoral y la provincia de Buenos Aires. Con un monomotor de cuatro plazas sobrevoló el Cabo de Hornos y la Isla de los Estados. Hizo navegaciones a las Cataratas y a Bariloche y así fue sumando horas para rendir su licencia como instructora.

Y fue por más. Renunció a su puesto como ingeniera y empezó a trabajar en una escuela de vuelo. Todo era nuevo para ella. “Vivía al día, trabajaba y volaba en la escuela seis días a la semana, pero estaba feliz. Un día me fui a visitar unos parientes al interior y pude ver la cabina y conversar con los pilotos y hacer todas esas preguntas que un estudiante hace. Uno de ellos me había parecido muy buen mozo”, dice con una sonrisa. Las casualidades de la vida quisieron que volviera a cruzarse con ese mismo piloto y, casi sin darse cuenta, empezaron a verse con frecuencia y comenzaron una relación. “Yo tenía mi avioncito así que era muy romántico llevarlo y tener nuestras salidas en el aire”, dice entre risas. Fruto de ese amor al poco tiempo nació su hijo, que hoy tiene tres años.

Fue un grande esfuerzo pero valió la pena. Jorgelina trabajó un tiempo en la aviación general hasta que llegó una convocatoria para ingresar en una línea aérea. Rindió todos los exámenes y lo logró: ahora formaba parte del equipo de pilotos de Austral. Tenía 38 años. Fue tan intenso y emocionante lo que experimentó que pasó tres días llorando de alegría.

Empezó volando MD-80. Hoy vuela Embraer. Sus destinos son por todo el país y por Brasil, Uruguay, Chile, Paraguay. “Normalmente voy y vuelvo en el día, así que casi siempre duermo en casa, lo que es una ventaja cuando tenés un nene chiquito. Volar es lo que más me gusta, es puro placer. Me emociona ver a la gente que se reencuentra gracias a que pudieron volar, o que necesita volar para ir a un tratamiento médico y es nuestra responsabilidad cumplir con ellos. Tiene mucha vocacion de servicio, aunque no vea a mis pasajeros. Cada vuelo es un desafio. No sólo hago lo que más me gusta, sino que la ventana de mi oficina cambia todos los días: montañas, cataratas, nubes, ese es el paisaje con el que me deleito mientras trabajo. Y cada vez voy a volar con la misma emocion que la primera vez”, reflexiona en voz alta.

La voz del especialista

Belén Fucaraccio es Gerente de Base de Tripulantes para Argentina de American Airlines y cuenta su experiencia como experta en el aire.

Redacción: Jimena Barrionuevo

La Nación

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