Otra manera de asegurarte que en tu casa no se escuche reguetón.

Giselle, de 26 años, y su novio Taylor, de 25, querían hacer una tarjeta familiar para Navidad el año pasado. La pareja, que lleva junta desde la prepa y vive en Charlotte, Estados Unidos, se hizo un retrato con su hijo de nueve años. Posaron con su bufanda roja junto al árbol de Navidad no mucho más grande que ella. Escribieron “Feliz Navidad” y “Feliz Natal” (en portugués) sobre la tarjeta. La foto del bebé ocupaba casi la mitad de la tarjeta aunque ni siquiera estaba mirando la cámara. El nombre del bebé era Scotc, un gatito barcino naranja.

Giselle y Taylor están muy felices con su decisión de reemplazar un bebé humano con uno que no les va a representar un gasto en educación. Sus amigas siguen tratando de convencer de las dichas de la maternidad a Giselle, pero ella sigue tranquila, consintiendo a su gato Scotch con juguetes (incluyendo un bowlde agua motorizado) y amor, sin preocuparse porque sea grosero o que crezca y termine drogado en la calle. “Sigo considerando adoptar en algún momento, pero definitivamente no quiero tener hijos biológicos en ningún caso”, dice Giselle. “Son un montón de cosas médicas para las que no estoy preparada”. Las mujeres en su familia han sufrido complicaciones durante el embarazo, dice, y no se siente capaz de sobrellevar esa desgastante experiencia física.

El número de estadunidenses que están comprando perros se duplicó entre 1990 y 2012, según el Centro para el Control de Enfermedades/Sistema Nacional de Estadísticas Vitales. El número ha aumentado mientras que las tasas de natalidad han caído en un 10 por ciento desde 2007.

La mayoría de estas parejas con pequeños perros o gatos viven en áreas metropolitanas. Las tres ciudades más grandes en las cuales menos del 20 por ciento de los hogares tienen niños son Seattle, Washington, D.C. y San Francisco. En enero de 2017, un artículo del New York Times reportó que en San Francisco hay un número idéntico de perros y de bebés humanos: 120,000, para ser exactos. Los extravagantes costos inmobiliarios, junto a un deficiente sistema de colegios públicos, han significado que no hay un gran incentivo para tener hijos en la ciudad.

Las comparaciones estadísticas entre los hogares con mascotas o con niños han sido sorprendentes en Seattle, Washington, D.C. y San Francisco: en el 2013, el US Census Bureau posicionó a Seattle como la ciudad con mayor porcentaje de gatos y perros (54.7%) con solo un 19.7% que tiene hijos. San Francisco quedó en segundo con 44% de hogares con gatos o perros, mientras solo un 18.7% tiene hijos. En tercer lugar quedó Washington, con alrededor del 20% de hogares con niños y un 28% de gatos y perros. Y la tendencia sigue creciendo desde entonces.

Las parejas con mascotas tienen una experiencia sicológica y fisiológica similar a la de las parejas con bebés humanos. Michelle A. Coomes, una terapeuta matrimonial y familiar de Carolina del Norte, ha visto esto en muchos de sus clientes con mascotas. “La oxitocina es una hormona que se libera cuando tienes una relación cercana, como cuando amamantas o consientes a un infante. Los padres de mascotas tienen experiencias similares cuando acarician a sus bebés peludos”, dice. “Las mascotas pueden conectar a las parejas y formar vínculos más fuertes entre sus dueños, lo cual es muy similar a criar un niño”.

Cassandra Van Zandt, una profesora, y Victor Van Zandt, vicepresidente de una ONG, una pareja radicada en California, admiten que miman y aman a su bebé animal tanto como lo harían con un bebé humano, sin miedo a las inesperadas consecuencias que implica tener que criar otro ser humano. Compraron un tráiler llamado “the Jagdhundwagen” (“vagón de perros” en alemán) para que pudieran viajar cómodamente con su perro de casi cinco años. El animal tiene también una cama en casi cada piso de su casa de cuatro pisos. Ambos aman sus trabajos y llegan a veces tarde a la casa, pero están más inclinados a regresar temprano ahora que tienen a su mascota.

“Las parejas que genuinamente quieren tener una mascota no tienen muchas dudas sobre si tener un hijo o no: pueden ser igual de felices y sentirse igual de satisfechos alimentando un animal en vez de un niño”, dice Coomes. El compromiso es el mismo: Cassandra dice que dejaría su trabajo sin pensarlo dos veces para cuidar a su mascota. “La hemos tenido por cuatro años y medio y nos hemos vuelto esos ridículos papás caninos. Pero también nos encanta que podamos estar mucho tiempo fuera de casa sin preocuparnos por dejarla sola”, dice. “Aunque en un principio pareció una decisión muy difícil tener a otra criatura a la cual cuidar, reconocemos que es una relación con menos cosas en juego que la de un bebé”.

Fuente: Vice.com